Sin embargo, y por lo que vamos a exponer
aquí en forma somera, creemos que la ciencia y la tecnología han jugado, directa
o indirectamente, un papel muy importante en lo que a este género literario se
refiere; también a la inversa, que la novela policiaca ha influido en el
desarrollo científico y tecnológico.
Que el arte de escribir
novelas tiene que ver con la ciencia y la técnica, así como que la narrativa policiaca tiene conexión con la ciencia, lo demuestran muchos autores,
distinguidos literatos, que a veces también han sido hombres de ciencia. Un
ejemplo es el eminente novelista británico Sir Charles Snow, fallecido en 1980.
Destacado científico, profesor de la Universidad de Cambridge, por una parte
defendió con brillantez la necesidad de complementar las humanidades y las
ciencias, en su polémica con Leavies (Las dos culturas y la revolución
científica); por otra parte, escribió más de diez novelas formidables,
siendo la última una historia policial, Capa de barniz (1979), donde
emplea conocimientos científicos profundos de medicina forense para describir
paso a paso, de manera cautivante, la autopsia de la víctima. No fue ciertamente
demérito del Dr. Snow dedicar su talento a esta clase de literatura, que para
muchos se antojaría barata e intrascendente, pero que sin embargo, además de
divertir al lector, estimula su interés para empresas intelectuales de otra
índole. Tal vez para Snow este género constituía un divertimento entre sus
complicadas tareas científicas.
La compleja psicología del
creador de historias de crímenes o del fabricante de novelas detectivescas tal
vez tenga algo en común con la del genio científico. En esencia, el espíritu
inventivo del escritor no parece diferir mucho del del investigador científico.
Como quiera que sea, algunos de los relatos policiales se sustentan en elementos
científicos, que facilitan la deducción y la solución del hecho delictuoso.
Los puntos de contacto
entre la ciencia y la narración policial se encuentran desde los orígenes del
género, es decir desde que Edgar Allan Poe escribe sus primeros relatos
sobre crímenes. El atormentado autor norteamericano ofrece desde el comienzo de
su carrera indicios de hombre de ciencia. En su famoso cuento "El doble
asesinato de la calle Morgue" Poe, emplea elementos científicos, si bien
rudimentarios, y también cierto análisis científico para la solución del caso.
Por supuesto, la ciencia aplicable a la solución de problemas policiales se
encontraba en pañales en esa época (184 l).
En el "El escarabajo de
oro", escrito en 1843, Allan Poe pone a su personaje Legrand a resolver
criptogramas, que le permiten descubrir un entierro de despojos humanos, y
debajo de ellos un tesoro. La manifiesta habilidad de Poe en sus narraciones
detectivescas sería imitada en lo sucesivo: mantenimiento del suspenso hasta el
final, conduciendo al lector a través de un proceso científico o seudocientífico.
Su maestría en la urdimbre de hechos probables e improbables, mezclados con
datos científicos y técnicos -así como su espíritu de incurable mitómano-- se
revela en todas sus obras. Lo más interesante de Poe, como observa alguno de sus
biógrafos, es su capacidad para integrar el poder y la responsabilidad del
hombre, criatura racional, con las facultades del ser instintivo e imaginativo.
Es decir, otra vez, la reunificación de la ciencia con la imaginación, que tan
brillantemente él pudo lograr.
Señalamos, que sin los
relatos de Poe, con su detective Auguste Dupin, probablemente no hubiera surgido
el gran Sherlock Holmes. Pero también apuntamos que Conan Doyle, en lo que
respecta al género policiaco, superó a su maestro. El escritor británico poseía
amplios conocimientos científicos, era médico, y su personaje utiliza el
análisis científico y la experimentación, cristalizando técnicas para dilucidar
hechos delictuosos, especialmente los realizados por el malvado profesor James
Moriarty, su implacable antagonista.
El propio Sherlock Holmes describe así el
método que utiliza: "aquellas facultades de deducción y de síntesis lógica que
han hecho mi provincia especial". Conan Doyle tomó el método de uno de sus
profesores en la Escuela de Medicina de Edimburgo, el doctor Joseph Bell, quien
hacía diagnósticos con sólo observar las peculiaridades del vestuario y los
modales del sujeto, llevando así la detección a una ciencia exacta. La deducción
pues, era el método del incomparable detective, quien después de la observación
de los pequeños detalles, lograba resultados sorprendentes.
Además de la evidente conexión entre la
ciencia y la novela policial, puede verse al cultivador de este género, en
cierta forma y en algunos casos, como un sociólogo, como un crítico de la
sociedad y su tiempo. En las novelas de Conan Doyle, por ejemplo, los policías
aparecen como seres desprovistos de imaginación, mediocres y hasta tontos. Los
crímenes no se resuelven sino por el talento de su detective. Pero también Doyle
es un moralista, pues las aventuras de Sherlock Holmes propenden a demostrar que
la sociedad existente es buena y que sus leyes son excelentes, y que el delito
es una aberración que debe extirparse.
Además de buen médico, Conan Doyle puede ser
considerado como un científico, con un genuino impulso de investigar y explorar.
Su búsqueda de la verdad lo llevó al espiritualismo y al misticismo, y a
realizar experimentos de telepatía; raro destino para un autor de historias de
crímenes.
La relación de la ciencia con este género
literario es más notoria aún en la versión moderna del relato policiaco, al que
se añaden temas como el espionaje y la ciencia ficción, que emplean gran
variedad de re cursos científicos y tecnológicos como, por ejemplo, instrumentos
letales refinados, equipos de detección, dispositivos de comunicación,
mecanismos de transporte raudo, tóxicos singulares, sofisticados laboratorios,
etc., que dan colorido y sustancia a las narraciones policiales.
Aunque menos conocido que Ian Fleming,
el creador de James Bond, el también inglés Eric Ambler fue quien dio
verdadero impulso a esta nueva versión literaria al producir novelas de espías,
más creíbles y de mayor realismo, al explicar con sumo cuidado los detalles de
la historia, especialmente los científicos. Ambler, como antes Conan Doyle, está
dominado por un deseo de investigar y explicar, perfectamente comprensible dado
que fue estudiante de ingeniería electrónica.
Aunque habría mucho más para decir, lo
anterior pone de manifiesto la estrecha relación entre la ciencia y este género
literario. También es importante señalar las aportaciones de la novela policiaca
al desarrollo científico y a la tecnología.
Así como el extraordinario novelista francés
Julio Verne se anticipó varias décadas a avances de la ciencia concibiendo
un submarino atómico, un viaje a la Luna y otros prodigios que mucho tiempo
después la tecnología haría realidad, también los cultivadores del género
policial se han adelantado muchos años a la aplicación de técnicas novedosas o
inverosímiles a primera vista, que hoy en día son de uso cotidiano en los
laboratorios de criminalística, tales como el análisis de sangre, el estudio de
pelos, la balística y la dactiloscopía, por señalar sólo algunos ejemplos.
Volviendo a Sherlock Holmes, el prototipo del
detective policiaco, en muchos episodios aparece como un excelente químico
analista, como aquél donde nos recuerda a Arquímides, cuando lleno de júbilo
grita: "¡ya di con ello! ya di con ello!", refiriéndose al descubrimiento que
acababa de hacer de un reactivo precipitado por la hemoglobina. Esta acción
corresponde al relato "Estudio en escarlata" publicado en 1882. Lejos se
encontraban los estudios de Landsteiner sobre inmunología que le valieron el
Premio Nobel de medicina en 1930. Exagerando, podríamos decir que a quien le
hubiera correspondido el premio era a Sherlock Holmes.
Siguiendo la línea de buscar puntos de
conexión entre la novela policiaca y la ciencia, encontramos muchas referencias
interesantes. El hecho de que Holmes llevara siempre consigo una lupa y sólo en
contadas ocasiones revólver, revela claramente cómo en él prevalece el
científico sobre el policía. La famosa lupa, con la cual se le ha caracterizado
en infinidad de ilustraciones y películas, le servía para descubrir pequeños
indicios cuyo posterior análisis contribuiría decisivamente al esclarecimiento
de los hechos criminosos. Sobre todo, por cuanto se refiere a la impresión de
huellas dactilares o dermatoglifos como se llama en general a cualquier conjunto
de líneas de la piel-, cuyo estudio sistemático sería llevado a cabo años
después por el británico Francis Galton, también creador de la eugenesia.
Otra rama de la criminalística moderna que
tiene antecedentes en las novelas "clásicas" del género policiaco es la
balística, sobre todo en lo que se refiere al estudio de los daños producidos
por el proyectil de un arma de fuego, que hoy constituye el objetivo de la
balística de efectos. Varios de los famosos detectives novelescos se preocuparon
en su momento por analizar estos fenómenos, midiendo distancias, suponiendo
posiciones de víctima y victimario, etc. No nos atrevemos a afirmar que
Lacassagne o Balthazard, iniciadores de esta disciplina, hayan basa
do sus primeras investigaciones en tales novelas, pero por cierto desde los
orígenes de la literatura policial se advierte la importancia de examinar armas
y proyectiles para el esclarecimiento de un crimen.
En las primeras novelas policiales de la
versión moderna del género -década de los treinta- ya se describen infinidad de
equipos, aparatos y armas inverosímiles por su sofisticación. Sin embargo, al
pasar de los años, muchos de esos extravagantes instrumentos se fueron
convirtiendo en realidad gracias al acelerado desarrollo de la tecnología. Baste
un solo ejemplo: en 1936, Eric Ambler, escritor inglés al que ya nos hemos
referido, publica su novela La oscura frontera, en la cual describe con
lujo de detalles la bomba atómica -aún no construida-, haciendo uso de su agudo
poder de deducción, después de estudiar a fondo las investigaciones de
Rutherford sobre el núcleo atómico.
Finalmente, sólo añadiré como otra aportación
de la novela policial, el hecho indudable de que ha logrado "una lúcida
reflexión sobre la realidad, una aproximación y una respuesta al problema de la
violencia", que seguramente es aprovechada por sociólogos, criminólogos,
criminalistas y penalistas.
Termino con esta cita de Borges:
"¿Qué podríamos decir como apología del
género policial? Hay una que es muy evidente y cierta: nuestra literatura tiende
a lo caótico. Se tiende al verso libre porque es más fácil que el verso regular;
la verdad es que es muy difícil. Se tiende a suprimir personajes, los
argumentos, todo es muy vago. En esta época nuestra tan caótica, hay algo que,
humildemente, ha mantenido las virtudes clásicas: el cuento policial. Ya que no
se entiende un cuento policial sin principio, sin medio y sin fin... Yo diría,
para defender la novela policial, que no necesita defensa; leída con cierto
desdén ahora, está salvando el orden en una época de desorden. Esto es una
prueba que debemos agradecerle y es meritorio."